El TACTO a debate.

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El tacto es la forma de comunicación primaria del ser humano. Sin embargo, en la sociedad actual, el tocar no está siempre bien visto. Recuperar este instinto natural puede ayudarnos a vivir mejor nuestras relaciones.

“Cuando siento algo, quiero cogerte la mano”. Ya lo cantaban los Beatles en el año 1963 (“When I´ll feel that something, I want to hold your hand”). Una letra sencilla, una música pegadiza y, sobre todo, una gran verdad. El tacto es una forma directa, inmediata y espontánea de expresar nuestras emociones y nuestros sentimientos.
Cuando nacemos, el tacto es la guía que nos introduce en el mundo. La sensibilidad táctil es el primer sentido que entra en funcionamiento, la forma de comunicación más básica y primitiva. El feto ya responde a las vibraciones del corazón de la madre. El bebé recién nacido explora mediante el tacto; es así como descubre dónde termina su propio cuerpo y empieza el mundo exterior.

El ser humano posee unos cinco millones de terminaciones nerviosas repartidas en dos metros cuadrados de piel, que nos mantienen en contacto con el entorno y nos proporcionan información. De alguna manera, la piel es nuestro órgano emocional más importante y el más extenso. Los labios, el dedo índice y el pulgar ocupan una parte considerable del espacio cerebral. El área preparada para percibir y procesar el tacto es de las más grandes del cerebro. Desde la antigüedad existen escritos que revelan que los chinos ya conocían las propiedades del tacto y el masaje en el año 3.000 a.C. Fueron los primeros, pero no los únicos: helenos, egipcios, romanos e hindúes desarrollaron, a su manera, diferentes técnicas que explicaban cómo emplear este instinto hasta convertirlo en arte.

Tocar no sólo es algo natural, sino que es una práctica beneficiosa. “Según lo que hemos podido comprobar, cuando conseguimos una mejor intimidad física, logramos también mejores relaciones, tanto sea en una pareja, como un niño con su madre”, sostiene Tiffany Field, del Touch Research Institute de la Universidad de Miami, en una entrevista telefónica. Sus investigaciones han demostrado que la sensación táctil, como por ejemplo la que se transmite con un masaje, produce numerosos efectos positivos. Mediante esta estimulación, el bebé aumenta su habilidad general y su capacidad de aprendizaje. Los niños prematuros ganan peso; en los adultos, se potencia la concentración; se alivian los síntomas de depresión; se reduce el dolor y el estrés hormonal y se mejora la función inmunitaria. James Coan, profesor de psicología en la Universidad de Virginia, que ha estudiado las implicaciones del contacto humano con la resonancia magnética, ha descubierto que “cuando cogemos la mano de no importa qué persona, nuestro cerebro reduce la producción de las hormonas del estrés, al mismo tiempo que disminuye la actividad de las regiones cerebrales que reaccionan ante el miedo”, explica. (tengo duda de si “no importa qué persona” es real; ya que, hay personas que nos activarán el instinto de defensa y protección sólo por su presencia… Tamara)

“Un apretón de manos relaja el cuerpo. Y si sostenemos la mano de un ser querido, nos sentiremos más protegidos frente al peligro y notaremos un alivio inmediato”, asegura. A través del tacto se activan las endorfinas, con los abrazos se segrega oxitocina y ambas sustancias causan en nuestro organismo sensación de bienestar.

Sin embargo, en nuestra cultura, lo visual se impone sobre lo táctil, hasta el punto de que menospreciamos su poder comunicativo. Crecemos aprendiendo a no tocar (“no toques esto”, “deja de tocar al señor”). La sociedad condiciona qué partes del cuerpo podemos rozar y las que no. Creamos un espacio infranqueable alrededor de nuestro cuerpo que inhibe la experiencia táctil. Phyllis K. Davis, en un libro muy conocido, ‘El poder del tacto’ (Paidós Ed.), habla del síndrome Phecia. Consiste en asociar el comportamiento táctil con el sexual, en particular con la promiscuidad, la homosexualidad, el complejo de Edipo, el incesto y el adulterio.

Ashley Montagu, el máximo estudioso científico sobre el tema del tacto, denunciaba hace años en sus libros (entre los cuales destaca ‘El tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas’, Ed. Paidos) este fenómeno: “Hemos producido una raza de intocables. Nos hemos vuelto extraños unos para con otros. La capacidad del hombre occidental para relacionarse con sus prójimos ha quedado muy atrás respecto a su habilidad para conversar con las computadoras, comunicarse con los coches y hablar con los juguetes”.

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En España tenemos la reputación de ser una sociedad más proclive al contacto físico. Sin embargo, en parte estamos perdiendo esta costumbre. “Eramos una cultura más tocona, pero nos estamos volviendo más individualistas. La ética católica es más propensa al contacto y al amor al prójimo que la protestante. Pero hoy somos menos católicos, más urbanos y nos tocamos menos”, afirma el psicoterapeuta Luis Muiño. Fernando Villadangos, psicólogo y presidente de la sociedad de sexología Al-Garaia de Granada, reconoce: “Hoy tocamos con más miedo. Está avanzando una cultura restrictiva y por lo general falta educación sexual. En los años 80-90 había menos limitaciones respecto a las que hay ahora”.
Por supuesto, el factor cultural tiene un peso relevante cuando se habla de comunicación táctil.

En Francia, es habitual saludarse con tres besos. En Italia, nunca se besa a un desconocido, pero en cambio es frecuente besarse y abrazarse entre conocidos del mismo sexo. En Japón está prohibido tocar la nuca a una chica, mientras que en Fiji es tabú rozar el cabello. En los países árabes, el contacto entre hombres está admitido y suele ser muy cálido, mientras que una pareja de novios no puede besarse en la calle. Francisco Merino, director de la Escuela Internacional de Protocolo de Madrid, recuerda que cuando personas de cultura diferente se encuentran “existen normas escritas”.

En su opinión, “quién hace el primer gesto es el que manda y es quien decide cómo se han de saludar: si al comienzo da la mano o si ofrece la mejilla, por ejemplo. Ahí tendremos una pista”. Merino explica que “entre los altos mandatarios, la regla es que cada uno se adapte a los rituales del país adonde va, aunque entre los políticos que tienen cierta confianza es frecuente coger el brazo”.

Cuando el rechazo (mirarlo como una medida protectora, que no sirva para forzarse y autoviolentarse. Cada uno necesita su tiempo para conocer sus fronteras y entonces decidir, con quién y cómo “abrirse”) al contacto físico no se funda en razones culturales, sino que se convierte en un rechazo sistemático, entonces puede haber repercusiones “negativas” para nuestro ser. Estudios demuestran que quienes durante su infancia no recibieron caricias de sus padres son más proclives a mostrar dificultades para dar o recibir afecto, a mantener una postura corporal rígida y tienen limitaciones para expresar su emotividad. Como consecuencia de esta carencia, estos sujetos manifiestan una tendencia a evitar el contacto físico con los demás y lo ven como algo inapropiado. En sus obras, Montagu alerta de que “una experiencia táctil inadecuada tendrá como consecuencia una incapacidad para relacionarse con los demás en muchos aspectos humanos fundamentales”.

No obstante, esta rigidez táctil que puede registrarse en ciertas personas o en determinadas culturas, se basa en gran parte en un malentendido. El tacto no tiene por qué ser necesariamente sinónimo de intención o deseo sexual. Asimismo, el contacto corporal puede simplemente indicar un rol o un estatus, expresar un afecto inocente o constituir un soporte emotivo.

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Flora Davis, autora de un libro de referencia en la materia, La comunicación no verbal (Alianza Ed.), sostiene que “el acto de tocar puede comunicar más amor en cinco segundos que las palabras en cinco minutos. Abrazar a alguien que ha tenido un mal día puede ser más curativo y reconfortante que todas las palabras que seamos capaces de articular”. Según Mark Knapp, profesor de la Universidad de Texas y experto en comunicación no verbal, “el tacto desempeña un papel de entusiasmo, de expresión de ternura, de apoyo afectivo”.

Naturalmente dependerá de la parte del cuerpo involucrada en el gesto, del tiempo del contacto, de la fuerza, del modo de tocar, de la frecuencia del toque. Por ejemplo, no es lo mismo apretar la mano, tocar un brazo o ir de la mano. Villadangos relata algún caso emblemático que ha tratado en su consulta. “Una persona que acababa de sufrir un luto aguantaba su dolor ocultándolo a los demás. Bastó una simple palmadita en el hombro para que ésta empezara a llorar y desahogara lo que llevaba dentro. El tacto también puede causar una potente reacción liberatoria”.

Cristina Corbella dirige un taller de caricias desde hace más de veinte años. “Nos dimos cuenta de que las palabras quedaban cortas. Yo creo que el cuadro ha empeorado en nuestro país, esencialmente por la influencia que viene de los países anglosajones”, asegura. Aun así, Corbella cree que es posible corregir el rumbo y reivindica el papel del tacto en las relaciones sociales.

“Es consolatorio, curativo, da seguridad. El contacto físico es una forma directa honesta y amigable de comunicación: lo que se presiente se transmite de forma inmediata. A veces hay mensajes que sólo pueden llegan de esta manera, con una simple caricia”. Según Villadangos, “hay que redescubrir lo bueno de tocarse en el seno de la pareja. En una palabra, la ternura. Es algo que necesitamos todos, porque lo antinatural es controlar el propio cuerpo”.

Incluso se habla del fenómeno del “hambre de piel”, que se refiere al deseo de ser tocado, a la necesidad profunda de contacto físico. Como apuntaba el antropólogo Paul Byers, tal vez los que más sufren esta carencia son las personas mayores, quizás los menos tocados de la sociedad. Inténtelo: porque si una imagen vale más que mil palabras, una caricia, más que mil imágenes.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/gente/20090124/53625580693/la-energia-del-tacto.html

LA GLÁNDULA DEL TIMO

La glándula timo controla y regula el flujo de energía, poniendo inmediatamente en marcha muchas medidas correctoras que contrarrestan los desequilibrios y ayudan a alcanzar un equilibrio y armonía de la energía corporal.

La glándula timo constituye el enlace o eslabón entre la mente y el cuerpo, siendo el primer órgano en verse afectado por las actitudes mentales y el stress; es la sede o asiento de la energía vital.

Una glándula timo sana y activa contribuye a una salud vibrante y positiva.

Cuando esta glándula está activa, el organismo no envejece

El “timo está en la zona central del pecho, detrás del esternón, pegadita al corazón. “. Está justamente en ese sitio en el que apoyamos el dedo cuando le decimos a alguien: ¿Quién… Yo?.”

El timo se desarrolla normalmente hasta la adolescencia, y a partir de ahí empieza a encogerse, a atrofiarse, aunque en realidad sigue funcionando toda la vida.

Pero hay más, mucho más, el enojo y el estrés perturban el equilibrio de los dos hemisferios cerebrales. Desaparece la capacidad de resolver problemas creativamente. Los resultados positivos no llegan, el enojo se hace mayor…
El timo es muy sensible a los estados de ánimo y su vitalidad se ve afectada por el estrés, por la ira, por el amor, por el odio y se activa con la alegría y se aletarga con la tristeza.

El timo está ahí para protegernos de las invasiones de microbios y toxinas poniendo en marcha un ejército de células de defensa, pero también es sensible a luces, colores, olores, sabores, gestos, presiones, vibraciones, sonidos, palabras y actitudes.

Cuando tenemos pensamientos negativos hacemos reaccionar al timo pero, como realmente no se está produciendo ninguna invasión bacteriana, lo único que conseguimos es hacerle trabajar en balde y debilitarlo; sin embargo, los pensamientos positivos lo fortalecen porque se activa pero no pone en marcha sus funciones defensivas.

Ejercitando el timo podemos mantener activo el sistema inmunitario y alejar el peligro de las infecciones, también la estimulación de la glándula timo produce un equilibrio de la actividad entre los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro.

Hay un ejercicio muy antiguo que activa el timo con eficacia y que sólo lleva unos segundos: primero separas los pies de manera que queden a la misma distancia que hay entre los hombros, doblas ligeramente las rodillas apoyando el peso sobre los dedos de los pies y, cuando ya estás en posición, cierras la mano (la que quieras) y te golpeas con los nudillos en el pecho, justo sobre el timo, con un toque fuerte seguido de dos más débiles. Con unas 20 series es suficiente. Esta estimulación vitaliza la glándula, nos protege de las infecciones y estimula otros órganos anexos como el corazón, además de los bronquios y la garganta. Amemos nuestro corazón.

http://www.youtube.com/watch?v=uyJKUfhIOtY